Vivimos en un mundo impulsado por pantallas, trámites virtuales y algoritmos. Quien no sabe usar un dispositivo inteligente o un teclado ni navegar por internet, enfrenta barreras diarias para realizar desde una transferencia bancaria hasta solicitar un turno médico.  La digitalización prometía hacer la vida más ágil, pero en el camino dejó al descubierto una brecha silenciosa, la de aquellos que nunca aprendieron a usar una computadora ni lograron adaptarse a la era digital. Pero la tecnología no irrumpió de la noche a la mañana, lleva décadas transformando la sociedad. Quienes durante años se negaron a interactuar con una PC o un celular por comodidad, desinterés o simplemente por rechazo al cambio, hoy cosechan la consecuencia de esa indiferencia. Detrás de la resistencia a la tecnología suelen esconderse barreras reales, brechas económicas que impidieron el acceso a dispositivos, falta de educación formal, temor a entornos desconocidos, vivir en lugares inhóspitos olvidados del hombre y en muchos casos un diseño de software que ignora por completo la accesibilidad para las personas mayores o menos experimentadas. En un contexto global que exige aprendizaje continuo, cerrarse rotundamente a la alfabetización digital básica representa un abandono de la propia autonomía. Nadie espera que cada ciudadano sea programador, pero rechazar el aprendizaje del uso de herramientas esenciales equivale a negarse a aprender a leer y escribir en el siglo pasado. Por otro lado, calificar esta situación como un problema puramente individual ignora la complejidad del comportamiento humano y las dinámicas de exclusión. La brecha digital no solo se compone de infraestructura y acceso económico, sino también de barreras cognitivas y falta de acompañamiento adecuado. Muchas personas adultas o adultos mayores experimentan un miedo real a manipular un cajero automático o un dispositivo, a equivocarse, a sufrir estafas o a romper un equipo. Cuando la interfaz humana desaparece bruscamente y es reemplazada por aplicaciones complejas o bots ineficientes, el resultado no es inclusión, sino marginación. La digitalización debe simplificar la vida, no volverla inaccesible. Las instituciones públicas y privadas deben mantener vías de atención analógicas o híbridas ultraaccesibles. La tecnología debe adaptarse a las personas, no al revés. El analfabetismo digital por desinterés es una realidad que frena el desarrollo personal y conlleva a las personas a depender de terceros. Sin embargo, la solución no pasa por señalarlos con el dedo ni por aislarlos del sistema, sino por exigir el compromiso de su parte mientras la sociedad construye puentes claros y seguros para que nadie quede definitivamente desconectado. El progreso de una sociedad no se mide únicamente por la velocidad con la que sus ciudadanos más avanzados adoptan la inteligencia artificial o el último dispositivo, sino por la capacidad de avanzar sin dejar a nadie atrás. No se trata de obligar a todos a convertirse en expertos digitales, sino de garantizar que nadie quede al margen de los derechos más elementales por el simple hecho de no saber usar una pantalla.

Francisco Manuel Silva                                     

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